INTRODUCCIÓN de Anne Schützenberger, profesora de la Universidad en Niza que empezó a escribir y hacer el trabajo de genealogía en Francia, trabajó mucho la historia social de los países y de cómo impactaba la vida de sus habitantes.

Los espectros son los que siguen, lo queramos o no, expresándose en nosotros, porque lo que llamamos el “espíritu”, el “alma”, o la “inteligencia”, este lugar de donde brota nuestra propia creatividad, no es otra cosa que la continuación del espíritu, de la inteligencia y de la creatividad de las generaciones anteriores y, más estrechamente, de los que nos moldearon: nuestros padres y antepasados.

Salidos de la infancia, debemos encargarnos de nuestra evolución, asumirla activamente. En cuanto a esta vida que nos fue dada, debemos devolverla a nuestros hijos. Tanto si somos hombre o si somos mujer, consideramos nuestro deber transmitir a nuestros descendientes nuestra cultura, nuestros valores, nuestra ética, nuestro modo de empleo, y por lo tanto, en resumen, nuestra propia eficacia mental.

Mi oficio de periodista científica ya me había familiarizado con extraños encuentros. Me había enseñado que la búsqueda era una aventura y que los buscadores eran los trotamundos de la mente. La mente se burla de los recortes rígidos establecidos por los ministerios, las universidades, los institutos de investigación, que encierran a los investigadores en disciplinas y marcos cuyos datos están balizados de antemano.

El Transgeneracional aplicado a Las 5 Leyes Biológicas

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Cuando acontece un hecho “traumático” en la vida de una persona, el efecto se deja sentir a toda la familia, con las características de ser inesperado, dramático, vivido en soledad, sobrepasando el nivel de estrés tolerable, a veces es un hecho vergonzoso o deleznable según la percepción y creencias de la persona que lo experimenta, y puede que lo “entierre en el silencio”, pensando ingenuamente que será para siempre y no tendrá consecuencias. Y si ese drama no es transmutado en esa generación, la memoria se transmitirá silenciosamente a la o las siguientes generaciones, de forma totalmente inconsciente.

A menudo escuchamos o leemos historias acerca de descendientes de supervivientes de horribles guerras, agresiones o catástrofes de todo tipo, y de cómo al llegar el aniversario de tan terribles sucesos, re-aparecen síntomas en todos los niveles, inclusive pesadillas reiterativas, independientemente de si el suceso ha sido mantenido en secreto o no, si se ha ocultado o se conoce en la familia.

El proceso es análogo al de un terremoto. El hipocentro de un terremoto proyecta el movimiento hacia la superficie terrestre, hacía una zona donde se siente con mayor intensidad (amplificación), y es a esta zona a la que la sismología se refiere como epicentro.

En 1975 – 1978 Nicolás Abraham y María Törok llamaron a este fenómeno “Efecto ventrílocuo o un fantasma”. Esta transmisión se hace por un fenómeno complejo que diversos investigadores pluridisciplinarios intentan elucidar y que desde la Epigenética Transgeneracional ya se ofrece una información sólida.

Empíricamente lo constatan a diario la mayoría de profesionales dedicados a esta investigación y terapia generacional. El hecho de no compartir un hecho traumático generalmente tiene el propósito de proteger a los demás miembros del grupo y al propio individuo.

Contrariamente a la buena intención, el resultado de los secretos enterrados (fantasma-cripta), de los lutos no hechos, de los dramas no digeridos, es demoledor para la familia; Toda esa energía contenida adquiere un efecto boomerang y se convierte en lealtades invisibles que se materializan en accidentes, síntomas físicos y psíquicos, patrones de ruina, de escasez, perjudicando notablemente a los que se pretendía “proteger”.

El drama queda pendiente de “solución” y la herida seguirá abierta hasta que pueda ser sanada por un descendiente. A veces esto ocurre a nivel social, y se manifiesta en duelos nacionales recordando viejas batallas perdidas, incluso plasmadas en cuentos, quedando pendiente la revancha, la solución, la restitución.

De esta forma el pasado sigue vivo en nosotros y a nivel inconsciente está pasando “ahora”, al mismo tiempo que el presente. La mayoría de nosotros actuamos cautivos de una lealtad invisible de la que muchas veces queremos desprendernos y curiosamente no podemos, y esa memoria inscrita en “modo fidelidad”, genera a su vez y nos mantiene en una repetición de situaciones agradables o desagradables, acontecimientos dramáticos, agresiones, fracasos, abusos, ruinas etc. que en definitiva no nos pertenecen, y al mismo tiempo vamos generando nuestra propia obra que se transmitirá a las siguientes generaciones, como recurso y/o como limitación.

La propuesta desde la visión de la Programación Neurolingüística es investigar, descubrir, comprender los patrones de repetición, las sincronicidades transgeneracionales, en definitiva la forma de funcionar sistémicamente e individualmente y por último aportar una avanzada metodología para la transformación de esos programas inconscientes.

Para este fin nos apoyamos en Las Cinco Leyes Biológicas, que nos aportan conocimientos imprescindibles para poder resurgir y vivir nuestra propia vida. Queremos tocar el alma de la persona para que vuele hacia futuros deseados, no escapando de su estirpe, sino integrando a todos ellos hacia la evolución en la consciencia, sanando el sistema y recuperando el estado del Ser.

En este proceso de autoconocimiento es imprescindible tener en cuenta las leyes sistémicas que nos permiten comprender las interacciones de todos sus miembros y su regulación u homeostasis.

Según Boszormenyi-Nagy, el individuo es una entidad biológica y psicológica, cuyas reacciones están determinadas tanto por su propia psicología como por las reglas del sistema familiar. En un sistema familiar, el funcionamiento a nivel psíquico de un miembro condiciona las funciones psíquicas de otro miembro, esta regulación es permanente y también tiende a equilibrarse.

Cabe tener en cuenta las Normas, las Reglas, en definitiva las Creencias del grupo, sobre todo las que hacen referencia al funcionamiento de ese sistema familiar.

Estas normas pueden ser explícitas pero generalmente son implícitas, es decir, sus miembros no son conscientes de que las han introyectado, y responden congruentemente a estos mandatos. Estas creencias subyacentes, al ser aceptadas en la familia no requieren de ninguna explicación ni justificación, se consideran lógicas.

Los roles familiares asignados a sus miembros antes de su nacimiento, cumplen una función en el sistema, cubren las necesidades de una red de obligaciones familiares.

Acerca del Taller «El Transgeneracional» aplicado a Las 5 Leyes Biológicas

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Vemos como el árbol genealógico es un escáner transgeneracional, y a través de él podemos descubrir que toda la información está “ahí dentro”.  Somos conscientes de que estamos inscritos en una evolución de la vida, que somos el resultado viviente de una larga historia de vida.

Para una percepción más rica del mundo, es necesario utilizar conscientemente los dos hemisferios del cerebro. Nuestro hemisferio derecho es el cerebro que permite ordenar las piezas para leer el todo. Y en nuestro hemisferio izquierdo se encuentra el centro del lenguaje que nos permite encontrar el camino. 

En los primeros meses de vida, es decir, durante el embarazo, en el cerebro hay millares de conexiones que desaparecen y permanecen solo las vías preferenciales, y la selección de estas vías neuronales está relacionada con el sentimiento de los padres hacia el bebé. Quiere decir que todos los padres tienen una responsabilidad e influencia sobre la programación neuronal originaria del recién nacido.

Por eso es importante saber lo que vivieron nuestros padres durante el periodo del embarazo y en el momento de nuestro nacimiento, ya que determinó nuestros primeros circuitos neuronales.

¿Podemos modificar estos circuitos si no nos agrada el resultado o nos dan problemas?

Gracias a la plasticidad neuronal, podemos modificar en mayor o menor grado las conexiones de esos circuitos, y por lo tanto los efectos serán diferentes.

A nivel de la evolución todo es genealógico, en la genealogía de la humanidad vemos el inicio de la teología, la historia de Adán y Eva en el Edén, la Biblia empieza hablando de genealogía, hijo de… hijo de… hijo de…

Existe también la genealogía de los pueblos y lo más interesante, es que cada pueblo puede haber desarrollado expresiones de sus genes que les permite adaptarse a aquello que han vivido o sufrido.

El árbol Genealógico es la base, la estructura de cada ser humano; Y una vez comprendemos la estructura, la información de nuestro linaje y su historia, podemos iniciar el proceso terapéutico de sanación de esas memorias si es necesario, detectando las variantes, aquello que se repite de generación en generación, donde empezó cualquier drama y programó todo el resto.

Y todas las averiguaciones e intervenciones terapéuticas que se realizarán posteriormente, en este caso desde la Programación Neurolingüística y la Hipnosis Ericksoniana aplicada a Las Cinco Leyes Biológicas, serán más fáciles e intensas debido a una nítida comprensión global de nuestro propio sistema y de sus necesidades biológicas.

A nivel neurológico se establecerán nuevas redes a través de conexiones cerebrales que se activarán, aflorando recuerdos, y permitiendo cambiar percepciones distorsionadas del pasado en cualquiera de las generaciones que nos precedieron, llegando al Origen de nuestra historia de vida, encontrando la Causa de cualquier síntoma que nos limite en el presente.

Se trata de un proceso muy profundo, valioso para quien lo realiza a nivel personal y muy práctico para los especialistas en acompañamiento, ya que se adquieren las competencias necesarias para aplicarlo inmediatamente. 

En el nivel del inconsciente colectivo, es bueno tener en cuenta que nuestro árbol genealógico nos conecta directamente con todos los árboles de las demás personas al relacionarnos con ellas. 

Para aprovechar al máximo el monográfico, averigua cómo han fallecido tus familiares hasta bisabuelos, partiendo siempre de tus recuerdos, historias que has oído cuando eras pequeñ@, comentarios que acompañaban a las fotografías que te mostraban, conversaciones que recuerdes. Verás que al hacer el dibujo de tu árbol aparece mucha información significativa.

Las fechas de nacimiento y fallecimiento (día y mes) de tus ancestros, nos indican con quien estás conectado directamente y cómo te influye la historia de él o ella. La información de estas fechas agilizará mucho el proceso de descubrimiento, si es posible para ti averigua estas fechas, y si no las consigues, igualmente podemos investigar.

Una vez sabes cual es tu origen, de donde vienes y qué es lo que estás repitiendo, o cuál es tu fidelidad, puedes elegir libremente seguir con el mismo patrón o enfocar tu vida hacia nuevos horizontes, tomar tu lugar en la familia, etc.

No podrás hacerlo desde el consciente, es decir, es muy difícil cualquier cambio desde la mente consciente, así que aportamos diversos procedimientos de intervención terapéutica durante el proceso, que los practicaremos por parejas y/o grupalmente, siempre con el máximo respeto y agradecimiento a los que vinieron antes que nosotros.

Bienvenid@s

Los muertos son unos invisibles.
No son unos ausentes.
San Agustín.

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Las experiencias de tu abuela dejan una marca en tus genes

La terrible infancia de tus antecesores o sus aventuras excelentes pueden cambiar tu personalidad, transmitiéndote ansiedad o capacidad de adaptación mediante la alteración de la expresión epigenética de los genes del cerebro.

By Dan Hurley / June 25, 2015 / Extraído del número de mayo (2013) de DiscoverMagazine.com / Traducido por IGM
http://discovermagazine.com/2013/may/13-grandmas-experiences-leave-epigenetic-mark-on-your-genes

Alison Mackey/DISCOVER

Darwin y Freud entran en un bar. Dos ratones alcohólicos -madre e hijo- están sentados en taburetes, sorbiendo gin de dos dedales.

La mamá ratón dice: “Ei, genios, díganme cómo mi hijo se ha metido en este estado tan lamentable”.

  • «Mala herencia», dice Darwin.
  • «Mala maternidad», dice Freud.

Durante más de cien años, estos dos puntos de vista -naturaleza o la crianza, biología o psicología- ofrecían explicaciones opuestas de cómo los comportamientos persisten, no sólo en un único individuo, sino a lo largo de generaciones.

En 1992, dos jóvenes científicos siguiendo los pasos de Freud y Darwin, se adentraron en un bar. Cuando salieron, un par de cervezas después, habían empezado a forjar una revolucionaria y nueva síntesis de cómo las experiencias de nuestras vidas podían afectar directamente a nuestros genes (y no únicamente tus propias experiencias, sino también las de tu madre, abuela y más allá).

El bar estaba en Madrid, donde el Instituto Cajal, centro académico más antiguo de España para el estudio de la neurobiología, celebraba una reunión internacional. Moshe Szyf, biólogo molecular y genetista de la Universidad de McGill en Montreal, nunca había estudiado psicología o neurología, pero fue convencido para asistir por un colega que creía que su trabajo podría tener alguna aplicación. Del mismo modo, a Michael Meaney, un neurobiólogo de McGill, le había hablado sobre asistir el mismo colega, que pensó que la investigación de Meaney en modelos animales de negligencia materna podría beneficiarse de la perspectiva de Szyf.

«Todavía puedo visualizar el lugar (que era un bar de la esquina especializado en pizza),» dice Meaney. «Moshe, al ser kosher, estaba interesado en calorías kosher. La cerveza es kosher. Moshe puede beber cerveza en cualquier lugar. Y yo soy irlandés. Así que era perfecto.»

Los dos se dedicaron a una conversación animada sobre una nueva línea de investigación en genética. Desde la década de 1970, los investigadores sabían que el correcto y ajustado enrollamiento del ADN dentro de un núcleo celular, requiere algo más de información que les diga exactamente qué genes para transcribir, ya sea para una célula del corazón, del hígado o una cerebral.

Uno de estos elementos que proporcionan información extra a la maquinaria de transcripción es el grupo metilo, un componente estructural común de las moléculas orgánicas. Este funciona como un marcador de posición en un libro de cocina, sujetando el ADN dentro de cada célula para seleccionar sólo aquellas recetas (genes) necesarias para aquella proteína celular particular. Dado que los grupos metilo se unen a los genes, y se encuentran cerca pero separadas de la doble hélice de ADN, el campo se denominó epigenética, añadiendo el prefijo epi (del griego: encima de, exterior, arriba).

Originalmente se creía que estos cambios epigenéticos se producían sólo durante el desarrollo embrionario. Pero estudios pioneros demostraron que también pueden darse durante la edad adulta, desencadenando una cascada de señalización celular y provocando cambios celulares que pueden tener como resultado el desarrollo de cáncer. A veces cambios en la dieta y en otras ocasiones, la exposición a ciertos químicos parecen ser la causa de esta unión. Szyf mostró que la corrección de los cambios epigenéticos con fármacos podría curar ciertos tipos de cáncer en los animales.

Los genetistas se sorprendieron especialmente al descubrir que los cambios epigenéticos podrían ser transmitidos de padres a hijos, una generación tras otra. Un estudio de Randy Jirtle de la Universidad de Duke demostró que cuando los ratones hembra son alimentados con una dieta rica en grupos metilo, el pigmento de la piel de la descendencia queda alterado permanentemente. Sin ningún cambio a ADN, pueden añadirse o quitarse grupos metilo y estos cambios se heredan en forma de una mutación en un gen.

Ahora, en el bar Madrid, Szyf y Meaney consideraban una hipótesis tan improbable como profunda: Si la dieta y los productos químicos pueden causar cambios epigenéticos, ¿podrían ciertas experiencias -negligencia infantil, abuso de drogas y otros problemas graves- también desencadenar cambios epigenéticos en el ADN de las neuronas del cerebro de una persona? Esta cuestión resultó ser la base de un nuevo campo, la epigenética del comportamiento, ahora tan vibrante que ha generado decenas de estudios y ha sugerido una serie de nuevos tratamientos para curar el cerebro.

De acuerdo con el nuevo entendimiento de la epigenética del comportamiento, experiencias traumáticas en nuestro pasado o en el pasado de nuestros antepasados recientes, dejan cicatrices moleculares codificadas en nuestro ADN. Judíos cuyos bisabuelos fueron expulsados de sus shtetls rusos, chinos cuyos abuelos vivieron a través de los estragos de la Revolución Cultural, jóvenes inmigrantes provenientes de África cuyos padres sobrevivieron las masacres y adultos de todas las etnias que crecieron con padres alcohólicos o abusivo (todos llevan con ellos más que recuerdos).

Como sedimento depositado en los engranajes de una máquina finamente calibrada después de que el agua de mar de un tsunami retroceda, nuestras experiencias y las de nuestros antepasados, incluso si ya han sido olvidados, nos acompañan. Se convierten en una parte de nosotros, un residuo molecular aferrado a nuestro andamiaje genético. Y aunque el ADN sigue siendo el mismo, las tendencias psicológicas y de comportamiento se van heredando. Es posible hayas heredado no sólo las rodillas huesudas de su abuela, sino también su predisposición a la depresión causada por el abandono que sufrió cuando era una recién nacida.

O no. Si tu abuela fue adoptada por padres implicados en su crianza y educación, es posible que estés disfrutando del impulso que recibió gracias a su amor y apoyo. Los mecanismos de la epigenética del comportamiento subyacen no sólo los déficits y debilidades, sino también en las fortalezas. Para aquellos que tengan la mala suerte de descender de abuelos “desgraciados», tratamientos farmacológicos emergentes podrían restablecer no sólo el estado de ánimo, sino también los mismos cambios epigenéticos. Tal y como se haría con el vestido vintage de la abuela, este puede usarse tal cual o alterarse de alguna manera. El genoma ha sido conocido como el proyecto de la vida, pero el epigenoma es la forma de adaptación a las nuevas situaciones y si se sacude lo suficiente, y se puede llegar a limpiar la maldición de la familia.

Jay Smith/DISCOVER

Genética Voodoo

Meaney afirma que siembre ha estado interesado en qué hace que las personas nos diferenciemos de otra.

«La forma en que actuamos y nos comportamos (hay personas optimistas, pesimistas) ¿qué produce esta variación? La evolución selecciona aquella variación que tiene más éxito, pero ¿qué produce que la leche se agrie?»

Meaney persiguió la cuestión de las diferencias individuales en el estudio de cómo los hábitos de crianza de ratas madre provocaron cambios en la vida en sus crías. La investigación que se remonta a la década de 1950, ya había demostrado que las ratas manipuladas por los seres humanos durante entre 5 y 15 minutos al día durante sus tres primeras semanas de vida crecieron de manera más tranquila y menos reactiva a los ambientes estresantes, en comparación con sus compañeros de camada sin ningún tipo de manipulación humana. Tratando de desentrañar el mecanismo detrás de un efecto tan duradero, Meaney y otros establecieron que el beneficio no fue en realidad provocado por esta manipulación. Más bien, esto estimuló a las madres para lamer y acicalar a sus crías con más frecuencia y para participar más a menudo en un comportamiento llamado “arched-back nursing “, en el que la madre da a los cachorros más espacio para amamantar contra su cara inferior.

“Todo se trata de la estimulación táctil”, dice Meaney.

Un artículo de referencia de 1997 en Science, demostró que las variaciones naturales en la cantidad de lamidas, aseo y contacto (el «grooming») recibida durante la infancia tenían un efecto directo en cómo las hormonas del estrés, como la corticosterona, se expresaba en la edad adulta. Cuanto más lamidas eran las crías, menores los niveles de hormonas del estrés, durante la edad adulta. Era casi como si las madres ratas, al lamer a sus crías, les retiraban en cierta medida un regulador de intensidad genética. Lo que el trabajo no explicaba era cómo tal cosa podría ser posible.

«Lo que habíamos hecho hasta ese momento era identificar la atención materna y su influencia en genes específicos», dice Meaney. «Pero la epigenética no era un tema del que se sabía mucho entonces.» Y entonces conoció a Szyf.

Alison Mackey/DISCOVER

Herencia Posnatal

«Iba a ser dentista,» dice Szyf con una sonrisa. Delgado, pálido y calvo, él se sienta en una pequeña oficina en el fondo de su ajetreado laboratorio – una habitación tan espartana, que contiene una sola imagen, una fotografía de dos embriones en el útero.

Con la necesidad de escribir una tesis a finales de 1970 para su doctorado en odontología en la Universidad Hebrea de Jerusalén, se acercó a un profesor joven de bioquímica llamado Aharon Razin, que había estaba causando sensación recientemente con la publicación de sus primeros estudios en algunas de las principales revistas científicas del mundo. Estos estudios fueron los primeros en demostrar que la acción de los genes podría ser modulada por estructuras llamadas grupos metilo, un tema sobre el cual Szyf no sabía absolutamente nada. Pero necesitaba un director de tesis y Razin estaba allí. Szyf se vio arrastrado a la vanguardia del nuevo campo de la epigenética y nunca miró hacia atrás.

Hasta que los investigadores como Razin llegaron, la línea argumental básica de cómo genes se transcriben en una célula ere nítida y simple. El ADN es el código maestro, que reside en el interior del núcleo de cada célula, el ARN transcribe el código para construir toda clase de proteínas necesarias para las células. Pero entonces, algunos de los colegas de Razin demostraron que los grupos metilo se pueden unir a la citosina, una de las bases químicas en el ADN y el ARN.

Fue Razin, trabajando con su compañero bioquímico Howard Cedar, quienes demostraron que estos accesorios no eran solo breves episodios sin sentido. Los grupos metilo pueden convertirse en compañeros permanentemente del ADN, replicándose junto con él a través de un centenar de generaciones. Por otra parte, la unión de los grupos metilo altera significativamente el comportamiento de cualquier gen al que se fijan, inhibiendo su transcripción. Así lo revelaron Razin y Cedar: los hilos que conforman el ADN se envuelven alrededor de un carrete molecular, denominada histona, en el interior del núcleo. Cuanto más apretado se envuelve, el más difícil de producir proteínas a partir del gen. De esta manera, los genes no se transforman en proteínas.

Considerando lo que esto significa: sin ningún tipo de mutación del código del ADN en sí mismo, las uniones de grupos metilo causan cambios a largo plazo y heredables en la función de los genes. Se encontró que tras moléculas, los grupos acetilos, juegan el rol opuesto, desenrollando el ADN de su carrete de histonas, y por lo tanto, facilitando que el ARN se transcriba a partir de un determinado gen.

Para el momento en que Szyf llegó a McGill a finales de los años 80, se había convertido en un experto en los mecanismos de los cambios epigenéticos. Pero hasta conocer a Meaney, nunca había escuchado a nadie sugerir que tales cambios pudiesen ocurrir en el cerebro, simplemente debido al cuidado maternal.

«Sonaba como voodoo al principio», admitía Szyf.

Para un biólogo molecular, cualquier cosa que no tuviese una vía clara de señalización, no era ciencia seria. Pero cuanto más avanzábamos, más nos dábamos cuenta que por sí sólo, el cuidado materno, podría ser capaz de causar cambios en la metilación del ADN, aunque sonara como una locura. Así que Michael y yo decidimos que tendríamos que hacer el experimento para averiguarlo.

De esa manera, terminaron haciendo una serie de experimentos complicados. Con la ayuda de investigadores posdoctorales, empezaron a seleccionar a ratas madres que o bien eran muy atentas o nada atentas. Una vez una cría había crecido hasta la adultez, el equipo examinó su hipocampo, una región del cerebro esencial para regular la respuesta al estrés. En las crías de las madres poco atentas, descubrieron que genes reguladores de la producción de receptores de glucocorticoides, que regulan la susceptibilidad a hormonas de estrés, estaban metilados. En cambio en las crías de madres meticulosas, los genes de los receptores de glucocorticoides estaban metilados raramente.

La metilación solo atasca los procedimientos celulares. Así cuanto menos mejor, cuando se trata de transcribir un gen afectado. En este caso, la metilación asociada a una maternidad lamentable, impidió que el número normal de receptores de glucocorticoides se transcribiera en el hipocampo de la cría. Y así, por falta de suficientes receptores de glucocorticoides, las ratas crecieron hasta ser manojos de nervios.

Para demostrar que los efectos se debían únicamente a la conducta de la madre y no sus genes Meaney y sus colegas llevaron a cabo un segundo experimento. Tomaron crías nacidas de madres poco atentas y se las dieron a buenas madres, y viceversa. Como se predijo, las ratas nacidas de madres atentas pero criadas por madres descuidadas, tenían niveles bajos de receptores de glucocorticoides en el hipocampo y se comportaban nerviosamente. Del mismo modo, los nacidos de madres malas, pero criados por buenas crecieron siendo más tranquilos, valientes y con altos niveles de receptores de glucocorticoides.

Antes de publicar sus hallazgos, Meaney y Szyf realizaron un tercer experimento crucial con la esperanza de aplastar a los escépticos inevitables que cuestionarían todos sus resultados. Después de todo, se podría argumentar ¿y si los cambios epigenéticos observados en los cerebros de las ratas no eran causados directamente por los cambios de conducta en los adultos sino que simple mente eran hechos asilados que se llevaban a cabo simultáneamente? Freud ciertamente conocía el poder perdurable que las malas madres ejercían, arruinando la vida de las personas. Tal vez los efectos emocionales no estaban relacionados con los cambios epigenéticos.

Para probar esta posibilidad Meaney y Szyf tomaron otra camada de ratas criadas por madres infames. Esta vez, después de haberse hecho el daño habitual, infundieron sus cerebros con tricostatina A, un fármaco que puede eliminar los grupos metilo. Estos animales no mostraron ninguno de los déficit de comportamiento vistos hasta ahora en tal descendencia y sus cerebros tampoco mostraban ninguno de los cambios epigenéticos anteriores.

«Fue una locura pensar que inyectarlo directamente en el cerebro funcionaría», dice Szyf. «Pero lo hizo. Fue como reiniciar un ordenador «.

Jay Smith/DISCOVER

A pesar de esta evidencia abrumadora, cuando la pareja escribió todo en un artículo, uno de los revisores, de aquella revista científica considerada como del más alto nivel, se negó a creer en las evidencias, afirmando que él nunca antes había visto signos de que el comportamiento de la madre
podría causar cambios epigenéticos.

«Por supuesto que no tenía», dice Szyf. «No nos hubiéramos molestado en informar del estudio si ya hubiese sido probado anteriormente.»

Al final, su artículo histórico » La programación epigenética de la conducta maternal» (“Epigenetic programming by maternal behavior”), fue publicado en junio de 2004 en la revista Nature Neurocience.

Meaney y Szyf habían demostrado algo increíble. Podría llamarse herencia postnatal: Sin ningún cambio en su código genético, las crías de ratas, sin embargo, adquirieron fijadores genéticos debido únicamente a su educación – estas adiciones epigenéticos de grupos metilo se unen cubriendo las puertas del ascensor de sus histonas, atascando el trabajo intracelular y alterando la función del cerebro.

Se repite la historia

Juntos, Meaney y Szyf han llegado a publicar un par de docenas de artículos, encontrando evidencias de cómo los cambios en la epigenética modifican la expresión de genes en el cerebro. Tal vez lo más significativo, en un estudio dirigido por Frances Champagne – entonces una estudiante de grado del laboratorio de Meaney, ahora una profesora asociada con su propio laboratorio en la Universidad de Columbia en Nueva York – descubrieron que una maternidad poco diligente en roedores provoca la metilación de los genes de los receptores de estrógeno en el cerebro. Cuando las crías crecen, el descenso resultante de estos receptores, los hace ser menos atentos con sus propias crías. Y así se repite la historia.

Como los experimentos con animales continuaban a buen ritmo, Szyf y Meaney dieron el próximo gran paso en el estudio de la epigenética del comportamiento: estudios en humanos. En un artículo de 2008, compararon los cerebros de las personas que se habían suicidado con los cerebros de personas que habían muerto repentinamente de factores distintos al suicidio. Encontraron un exceso de metilación en genes del hipocampo de los cerebros de los suicidas, una región crítica para la adquisición de la memoria y la respuesta al estrés. También encontraron otra relación: si las víctimas de suicidio habían sido abusados cuando eran niños, sus cerebros estaban más metilados.

¿Por qué tu amigo no puede simplemente «superar» su educación por una madre distante y enojada? ¿Por qué no puede animarse y recuperarse? La razón puede deberse a grupos metilo que se agregaron durante la infancia a los genes del cerebro, lo que lleva a esa persona a no poder despojarse de sus sentimientos de miedo y desesperación.

Por supuesto, por lo general no es posible tomar muestras cerebros de personas vivas para analizarlas. Sin embargo, el análisis de muestras de sangre en los seres humanos es rutinario, así que Szyf ha buscado allí marcadores de metilación epigenética. Efectivamente, en 2011 se informó de un genoma en el que se habían analizado muestras de sangre de 40 hombres, que participaron en un estudio británico de personas nacidas en Inglaterra en 1958. En él, todos los hombres habían estado en un extremo socioeconómico, o bien muy adinerados o muy pobres, en algún momento de sus vidas desde la primera infancia hasta mediados de la edad adulta. En total, Szyf analizó el estado de metilación de alrededor de 20.000 genes. De ellos, 6.176 genes variaban significativamente en función de la pobreza o la riqueza. Lo más sorprendente, sin embargo, fue el descubrimiento de que los genes eran más de dos veces más propensos a mostrar cambios en la metilación sobre la base de los ingresos familiares en la infancia temprana versus la situación económica en la edad adulta.

El tiempo, en otras palabras, importa. Si sus padres hubieran ganado la lotería o hubiesen quebrado cuando usted tenía 2 años de edad probablemente afectará al epigenoma de su cerebro y a sus tendencias emocionales en consecuencia, de manera mucho más fuerte que cualquier fortuna que se encontrase durante la edad adulta.

El año pasado, Szyf y los investigadores de la Universidad de Yale publicaron otro estudio de muestras de sangre humana, comparando niños rusos: 14 criados en orfanatos y otros 14 criados por sus padres biológicos. Hallaron una mayor metilación en los genes de los huérfanos, incluyendo muchos que juegan un papel importante en la comunicación neuronal, desarrollo y función del cerebro.

«Nuestro estudio muestra que l estrés inicial de la separación de un padre biológico afecta a largo plazo a la programación de la función del genoma, lo que podría explicar por qué los niños adoptados pueden ser particularmente vulnerables cuando se encuentran con una crianza severa o más ruda, en términos de su salud física y mental», dijo la coautora de Szyf, la psicóloga Elena Grigorenko del Centro de Estudios Infantiles de Yale. «La crianza de niños adoptados pueden requerir una atención mucho más cuidadosa para revertir estos cambios en la regulación del genoma.»

Un ejemplo de los efectos epigenéticos de la educación en los seres humanos podría ser el del propio Szyf y del colaborador de Meaney, Frances Champagne. «Mi madre estudió la prolactina, una hormona implicada en el comportamiento maternal. Ella fue una fuerza impulsora en animarme a entrar en la ciencia», recuerda. Ahora, como figura destacada en el estudio de la influencia materna, Champagne acaba de tener su primer hijo, una niña. Y la investigación epigenética le ha enseñado algo que no se encuentra en la serie de libros: “¿Qué esperar…?” o incluso el actual laboratorio de su madre.

«Lo que he obtenido del trabajo que hago es el saber que el estrés es un gran supresor de la conducta maternal,» dice ella. «Lo vemos en los estudios con animales, y también es aplicable en los seres humanos. Así que lo mejor que puedes hacer es no preocuparse todo el tiempo acerca de si usted está haciendo lo correcto. Mantener los niveles de estrés bajos es lo más importante. E interacción táctil, eso es sin duda lo que las buenas madres ratas hacen con sus crías. Ese registro sensorial, el tacto, es muy importante para el cerebro en desarrollo».

La marca de Caín

El mensaje de que el amor de una madre puede significar toda una diferencia en la vida de un niño, no es nada nuevo. Pero la capacidad de cambio epigenético de persistir a través de generaciones sigue siendo objeto de debate. ¿La metilación es transmitida directamente a través del óvulo fecundado, o cada bebé nace “puro”, sin metilaciones, y estos se añaden en exclusiva por los padres después del nacimiento?

El neurocientífico Eric Nestler de la Escuela de Icahn de Medicina del Monte Sinaí en Nueva York ha estado buscando esta respuesta durante años. En un estudio, se expuso a ratones machos a 10 días de intimidación por los ratones de mayor tamaño y más agresivos. Al final del experimento, estos ratones eran introvertidos socialmente.

Para probar si estos efectos podrían ser transmitidos a la siguiente generación, Nestler tomó otro grupo de ratones acosados y promovió su reproducción con hembras, pero les impidió encontrarse nunca con su descendencia.

A pesar de no tener contacto con sus padres deprimidos, los hijos llegaron a ser hipersensibles al estrés. «No fue un efecto sutil, las crías fueron dramáticamente más susceptibles a desarrollar síntomas de depresión», dice.

En otras experimentos, Nestler tomó esperma de los machos fertilizó a las hembras in vitro. La descendencia no mostró la mayor parte de las anomalías de comportamiento, lo que sugiere que la transmisión epigenética puede que no se encuentre exactamente en este punto. En su lugar, propone Nestler, «la mujer puede saber que ella tuvo relaciones sexuales con un perdedor, por lo que ella cuida a sus crías de manera diferente» sugiere por los resultados obtenidos.

A pesar de sus resultados, sin embargo, no ha habido un consenso al respecto. La evidencia más reciente, publicada en la edición del 25 de Enero de la revista Science, sugiere que los cambios epigenéticos en los ratones suelen ser borrados, pero no siempre. El borrado es imperfecto, y a veces los genes afectados pueden quedarse así hasta la siguiente generación, preparando el escenario para la transmisión de los rasgos alterados también a sus descendientes.

Michael Meaney, neurobiologist. (Credit: Owen Egan/McGill University)

¿Qué viene ahora?

Los estudios se siguen acumulando. Una línea de investigación rastrea la pérdida de memoria en la vejez debido a alteraciones epigenéticas en las neuronas del cerebro. Otra, conecta trastornos de estrés post-traumático con la metilación del gen que codifica para el factor neurotrófico, una proteína que regula el crecimiento de las neuronas en el cerebro.

Si bien es cierto que los cambios epigenéticos de genes activan ciertas regiones del cerebro que subyacen a nuestra inteligencia emocional e intelectual -nuestra tendencia a estar en calma o con miedo, nuestra capacidad de aprender u olvidar- entonces surge la pregunta: ¿Por qué no podemos simplemente tomar un medicamento para enjuagar y limpiar los grupos metilo no deseados, como un bar de primavera irlandesa epigenética?

La caza ha empezado. Gigantes farmacéuticos y empresas de biotecnología más pequeñas están buscando compuestos epigenéticos para impulsar el aprendizaje y la memoria. Se ha pasado por alto el hecho de que los medicamentos epigenéticos podrían tener éxito en el tratamiento de la depresión, la ansiedad y el trastorno de estrés post-traumático, el lugar de las drogas psiquiátricas de hoy han fracasado.

Pero esto va a ser un salto. ¿Cómo podemos estar seguros de que los fármacos epigenéticos podrían limpiar sólo las marcas peligrosos, dejando las beneficiosas (y tal vez esenciales) grupos metilo intactos? ¿Y si pudiéramos crear una píldora lo suficientemente potente para limpiar la pizarra epigenética de todo lo que escribió en la historia? Si tal píldora pudiese liberar a los genes dentro de su cerebro de deterioro epigenético de todas las guerras, las violaciones, los abandonos, infancias inestables y engaños de sus antepasados, ¿lo aceptarías?

Moshe Szyf, molecular biologist and geneticist. (Credit: McGill University)

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