¿Puede explicarse el comportamiento humano únicamente por medio de los procedimientos mentales que sirven de base?

Los instintos juegan un papel muy importante, sin embargo, ni la presencia de instintos ni la del intelecto bastan para resolver el enigma del comportamiento. Los instintos son innatos y el intelecto está sometido a un proceso de aprendizaje constante por medio del estudio y la experiencia. No obstante, para la exteriorización del comportamiento es decisivo el “consentimiento” del sistema límbico, el emplazamiento de la inteligencia emocional. El sistema límbico valora todo los que hacemos y lo cataloga como bueno, malo, apetecible, doloroso, etc.

El intelecto determina nuestro comportamiento únicamente al interaccionar con los gustos y las emociones, los cuales, a su vez, están influidos por los instintos y las experiencias. La estructura básica de la personalidad y el carácter de la persona quedan fijadas a muy temprana edad.

Los rasgos genéticos junto con los acontecimientos que forjan el carácter, determinan entre los primeros tres y cinco años de vida más del 50% de las características personales de la edad adulta.

No obstante, tener experiencias emocionales intensas de carácter positivo o negativo puede influir considerablemente y cambiar nuestro comportamiento. Cuanto más joven sea la persona, mayor es la plasticidad de su cerebro. Aún así, y en contra de lo que se creía anteriormente, el cerebro conserva su maleabilidad -y con ello, su capacidad de aprender- hasta bien entrada la edad adulta, dependiendo siempre de la actividad mental e intelectual a la que se someta, así como del estilo de vida.

El cerebro necesita modelos de comportamiento

El profesor Hüther, neurólogo e investigador cerebral de la Universidad de Gotinga muy conocido y frecuentemente citado, dice que el cerebro es el órgano de las relaciones sociales. En un ensayo científico encargado por la Agencia Federal alemana para la Educación Política explica: “Antes de nacer ya se han grabado en el cerebro humano experiencias prenatales importantes, pero todavía no está listo.

La región que se está formando más lentamente es el córtex prefrontal, que se va a moldear en gran medida como consecuencia de nuestro entorno social».

Thomas Fuchs, famoso profesor de medicina y neurocientífico, Catedrático de Psiquiatría y Filosofía de la Universidad de Heidelberg, ha llegado a la misma conclusión. Según él, la importancia del cerebro radica en su relación con nuestros músculos, vísceras, nervios y sentidos con nuestra piel, nuestro entorno y otras personas.

Además, añade: “El cerebro es el mediador que nos permite acceder al mundo, el transformador que establece un vínculo entre percepciones y movimientos”. Es esencial «que interactúe, no sólo con su entorno natural, sino sobre todo con otras personas».

La capacidad de asimilación del cerebro proviene de su gran plasticidad. Por ejemplo, cuando un niño aprende un idioma nuevo de un profesor que le gusta mucho, en su cerebro se produce un almacenamiento morfológico y funcional que correlaciona los significados de las palabras.

El responsable del desarrollo neurológico y estructural del cerebro no es el contenido intelectual de lo que se aprende sino el conjunto de relaciones emocionales en las que se enmarca (en este caso el entusiasmo que siente el niño por el profesor), que son decisivos para que el aprendizaje tenga éxito.



La crisis como desencadenante del desarrollo y el crecimiento

El deporte de competición nos ha enseñado que cuanto mejor entrenemos un músculo, más se fortalece. En medicina deportiva, esta mejora del rendimiento como consecuencia del entrenamiento se denomina “sobrecompensación”. La estructura y el funcionamiento de los músculos que se someten al esfuerzo se adaptan a los mayores requisitos, tal y como estipula la regla de la ciencia del entrenamiento que dice que un estímulo demasiado pequeño no produce ningún crecimiento, un estímulo demasiado grande produce daños y un estímulo de intensidad media debería producir, idealmente, el resultado perseguido, es decir, aumentar el rendimiento.

Si analizamos todos los estudios de investigación de la resiliencia y la felicidad de las últimas décadas los resultados son sorprendentes: Frente a la opinión ampliamente extendida de que el cerebro dispone de una estructura más o menos establecida que le impone limitaciones psíquicas e intelectuales, se ha demostrado que la plasticidad neuronal es sustancialmente superior a lo que se consideraba en el pasado.

Las modernas técnicas de imagen médica de las neurociencias, nos permiten prácticamente observar el cerebro mientras trabaja. Parece posible entrenar nuestras capacidades intelectuales hasta nuestra vejez, como si de un músculo se tratara: Los músculos se entrenan con pesas, el cerebro lo hace mediante procesos de aprendizaje.

El sistema de recompensa

El requisito más importante es que nuestras neuronas tengan la oportunidad de entrenar la relación entre los impulsos de entrada y los de salida sin que corramos el peligro de originar daños, en caso de no obtener el resultado deseado.

Necesitamos, por lo tanto, la oportunidad de jugar. Jugar es la esencia del éxito en un proceso de aprendizaje. Jugar significa, aprender sin recibir duras sanciones o tener consecuencias negativas.

Si establecemos estas condiciones básicas al final seremos incluso más rápidos y libres, como dice el refrán: “Los últimos serán los primeros”. Si damos la oportunidad a nuestras neuronas de aprender despacio y jugando, también seremos al final más capaces de abstraer las partes individuales de lo aprendido y aplicarlas a otras situaciones o problemas similares.

Lo que nuestras neuronas aprendan de manera lúdica y lenta, serán capaces de aplicarlo a las más diversas situaciones, actuando y decidiendo de manera igual de correcta.

Así que comentarios como:

“Si vuelve a equivocarse, le elimino la subida de su sueldo”- o – “si la próxima vez no le sale mejor, le daré el encargo a otra persona” pueden finalmente perjudicar a algunos directivos.

Bajo estas condiciones no se puede aprender. Así que quedémonos con lo siguiente:

El aprendizaje óptimo tiene como requisito que se entrene para lograr el resultado deseado. Y el aprendizaje óptimo requiere, que tenga lugar de manera lúdica, es decir, sin consecuencias negativas ni sanciones. Y ya que estamos profundizando en el tema, recordemos también otra condición sumamente importante a la hora de aprender: Las neuronas espejo

Todavía encontramos muchos padres que pretenden educar a sus hijos con instrucciones como las siguientes: “Siéntate recto, no te muevas tanto de aquí para allá”. O, tal vez: “Cierra el pico cuando yo esté hablando”.

En estos casos las neuronas de nuestros hijos también aprenden. Lo que pasa es que los niños no aprenden a sentarse bien o a callarse cuando los padres hablan. Lo que aprenden es que los padres regañan.

Y estos niños serán, de mayores, aquellos que igual que sus padres, también regañen a sus hijos o discutan con otras personas.

Las neuronas de los niños, así como las de los adultos, no aprenden con sermones o con normas, sino exclusivamente con ejemplos y modelos a seguir. Esto lleva consigo, que haya neuronas que estén especializadas en copiar los comportamientos de otras, que los imiten o reflejen.

Éstas neuronas se llaman por ello, neuronas espejo. Lo que las neuronas necesitan es, por consiguiente, ejemplares positivos a seguir y cuantos más sean y más frecuentemente aparezcan, mejor. La reglas que resulten de estos se dan por si mismas. Así como ustedes aprendieron en su día a hablar, nuestro completo sistema de aprendizaje lo hemos aprendido prácticamente por imitación. O, ¿acaso recuerdan que alguien le durmiera leyéndole las reglas gramaticales de su lengua materna?

En este sentido, el término „ función del modelo o ejemplar a seguir“ toma un enfoque completamente nuevo. Nuestro cerebro tiene la capacidad de adaptarse a las circunstancias, al disponer de un inmenso potencial de plasticidad.