El poder de la costumbre: las costumbres y los procesos de aprendizaje asociativos.

La mayor parte de los psicólogos suponen que las costumbres pueden formarse también a través de procesos de aprendizaje asociativo. Esto significa que sucesos, que aparecen al mismo tiempo o en el mismo lugar, se graban en la memoria como una unidad. Aparece de nuevo ese lugar o ese momento, viene también el comportamiento que se haya vinculado a estos factores.

Un ejemplo es el típico cigarrito al tomar un café o el pastelito a las cinco de la tarde. Señales como el café o una hora determinada provocan el respectivo comportamiento automático.

Para poder demostrar este proceso la psicóloga Wendy Wood de la Universidad de Duke Durham en el Norte de Carolina se reunió con un grupo de científicos para seguir determinadas costumbres, realizando una encuesta a estudiantes antes y después de mudarse a una nueva universidad. La pregunta era si habían mantenido dichas costumbres o si por el contrario el cambio de domicilio había repercutido en la realización de las mismas.

La suposición de la psicóloga se confirmó. Cuanto más grande hubiera sido el cambio y más diferencias hubiera entre los lugares, más “descolocados” se sentían los estudiantes. Por ejemplo, los jóvenes que iban regularmente al
gimnasio de su antigua universidad a una determinada hora, si no encontraron en la nueva unas condiciones similares, dejaron rápidamente de ir a entrenar.

Las buenas y las malas costumbres, por lo tanto, se originan por repetición constante, pero si se ven afectadas por un cambio temporal o situacional, no se mantienen.

Esto lo demuestra un experimento realizado por el equipo de investigación del psicólogo David Neal de la universidad Duke en el año 2009. Los voluntarios tenían, en este caso, que anotar en una escala, en qué medida creían ellos que influía el querer alcanzar una meta con el hecho de llevar a cabo determinados comportamientos. Por ejemplo, hacer deporte y el objetivo de perder peso. El resultado fue más que interesante, cuanto más reforzadas estaban sus costumbres, más creían ellos que sus metas los motivaban.

Los científicos, para demostrar que esta afirmación no era cierta, hicieron lo siguiente:

En un ordenador los participantes tenían que diferenciar palabras como por ejemplo “correr” o “fruta” de otras palabras seudónimas. Antes de que se pudieran leer las palabras principales, aparecían en pantalla a una velocidad de milisegundo otros términos, de manera que los voluntarios no pudieran percibirlo conscientemente.

Si la costumbre, por ejemplo, llevar una alimentación sana fuera dependiente de la meta – adelgazar debería aparecer en el cerebro de los voluntarios un vínculo fuerte y claro entre los dos conceptos.

Costumbre y objetivo. La percepción inconsciente, por ejemplo, del verbo “adelgazar” debería acelerar el proceso de reconocimiento de la palabra “deporte”. La evaluación del experimento demostró algo muy diferente: Sólo nombres subliminales directamente relacionados con el deporte, como “deportivas” o “pesas” hicieron que los estudiantes reconocieran más rápidamente la palabra “deporte”.

Con esto quedó claro, que había una fuerte asociación entre palabras del mismo tema como deporte y deportivas, pero no explícitamente con las metas propuestas. Así se puede ver que nuestras costumbres a la larga dejan de tener relación con nuestras metas.

Neurorretroalimentación: mi cerebro hace lo que yo quiero
Las emociones deciden sobre nuestras percepciones
La manera en que vemos el mundo depende en gran medida de cómo nos sintamos

Muchas enfermedades o trastornos del comportamiento se basan en defectos en el funcionamiento de nuestro cuerpo o de nuestra mente que el afectado ni siquiera percibe. Para poder ayudar a este tipo de pacientes, la ciencia se ha ocupado en los últimos tiempos del desarrollar una serie de métodos, a través de los cuales no sólo se favorece el estado mental y corporal, sino que también puede reducirse o incluso evitarse la toma de medicamentos y evitar así los efectos secundarios de los mismos.

¿Qué es la percepción selectiva?

Si hablamos de emociones, lo primero que tenemos que hacer es distinguir entre dos tipos:

Emociones primarias
Emociones secundarias

Como ya hemos visto, lo más significativo de la percepción, es la asimilación de estímulos a través de los sentidos. Estos estímulos primero se impregnan en nuestro sistema nervioso y luego se envían a nuestro cerebro. Como tercer y último paso se crea la imagen construida de la realidad, que está fuertemente influenciada por nuestras emociones, experiencias pensamientos, expectativas y actitudes.

Para que nuestro cerebro no se vea superado por la cantidad tan inmensa de estímulos, se protege con un sistema de selección. Esto significa, que el cerebro sólo asimilará un determinado número de estímulos, dentro de unos parámetros de intensidad.

El ojo humano, por ejemplo, es capaz de captar informaciones que se encuentren en un espectro de onda larga de entre 380nm (luz violeta) y 780nm (luz roja). Las abejas, por su parte, perciben la irradiación de ondas más cortas (luz ultravioleta) y sin embargo no ven la luz roja.

Nuestros oídos pueden asimilar sonidos de entre 16Hz y 20.000 Hz. Los perros oyen desde 15 Hz hasta 50.000 Hz.

Si se trata de determinar la diferencia entre sabores, necesitaremos que ésta sea de un mínimo del 25% para poder detectarla.

Para determinar si un tono es más alto que otro, la diferencia entre éstos deberá ser de aprox. un 9%. Y para definir si un tono es más agudo o más grave que el otro, será necesario que la amplitud del tono entre ambos varíe por lo menos un 0’3%.

Por lo tanto, la percepción que tenemos del mudo está determinada por las limitaciones de nuestros sentidos. Todo lo que percibimos es tan sólo una pequeña selección de lo que en verdad existe.

Uno de los más conocidos científicos de neurociencia en el ámbito de las emociones es Antonio Damasio. Él descubrió, entre otras cosas, que el cortex prefrontal está fuertemente conexionado con la amígdala, el lugar donde se valoran las emociones. Si el córtex prefrontal sufriera algún daño, no sería posible la toma de decisiones.

Su conclusión fue la siguiente: Para tomar decisiones racionales son imprescindibles las emociones.

¿Cómo se forma una percepción consciente?

Todo lo que percibimos de manera consciente, no es, por lo general, algo que sólo captemos con uno de los sentidos, algo que p.ej. sólo oigamos o que sólo veamos. Normalmente es algo que percibimos a través de varios de nuestros sentidos. En términos científicos esto se conoce como “binding problem”. La pregunta ahora será la siguiente: ¿cómo es capaz nuestro cerebro de reducir tantos estímulos en una única percepción?

Para entender esto mejor, nos basaremos en un ejemplo del conocido neurocientífico Prof. Dr. Wolf Singer, que se dedica desde hace años a investigar sobre los temas relacionados con la consciencia y la percepción y explica lo que ocurre al acariciar a un perro.

En esta acción se activan diferentes áreas del cerebro que interactúan entre sí. A través de los áreas del sistema de la vista se analizará el tamaño, el color y el movimiento del perro.

Al acariciar el pelaje se asimilarán informaciones táctiles sobre las características del mismo. Si además el perro ladra, el cortex prefrontal se ocupará de asimilar las señales acústicas. Por último, pero no por ello menos importante, la persona se percatará de forma muy sutil, cuando acaricie al perro de si éste hace amagos de ponerse agresivo y si fuera así se activaría el sistema límbico, que es el encargado de asimilar las emociones.

Con todas estas impresiones se crea una única impresión global de la situación: Es un Colli de pelo largo, muy suave y de color marrón-rojizo. Ladra un poco alto, pero en realidad es inofensivo.

La siguente cuestión será: ¿en qué parte del cerebro se forma esta impresión global, esta unión de percepciones sensoriales? De este asusto se ocupan muchos investigadores desde hace ya mucho tiempo y a pesar de una búsqueda intensa, no han logrado hasta hoy localizar un lugar en el cerebro, en el que se cree dicha impresión.

Hace unos años se le ocurrió una idea al Frof. Dr. Wolf Singer. ¿Qué pasaría si en lugar de tratarse de dónde, se tratara de cuándo ocurre este proceso? Los estímulos a través de los distintos sentidos suceden casi a un mismo tiempo en cada acción, por ejemplo, al acariciar a un perro.

En el cerebro se activa para dicha situación un patrón específico de conexiones neuronales, que se forman en un determinado periodo de tiempo.

Rolf Singer dijo: „Las informaciones se perciben, pero ¿dónde? En ninguna parte. La actividad permanece repartida en las áreas del cerebro. Hoy por hoy la mayoría de los científicos supone lo siguiente: El sistema se desvía en el tiempo para abrir paso al espacio de la codificación. Esto sólo puede funcionar, si el cerebro es sensible a la relación temporal. Necesita por lo tanto, una especie de reloj de precisión. Muchos científicos suponen que el mismo cerebro se crea este reloj de precisión a través de vibraciones rítmicas.

La teoría de Wolf Singer es la siguiente: “Imagínense las oscilaciones sincrónicas como las del péndulo de un reloj de pared, éstas nos proporcionarán el compás para que el cerebro pueda definir la relación temporal. Tal vez no resulte fácil de imaginar y comprender, pero ya hay muchos estudios científicos cuyos resultados corroboran la teoría de la correlación temporal de la consciencia.

Lo que ocurre, cuando este proceso de correlación temporal no funciona, nos lo demuestra el grupo de investigación del Prof. Dr. Wolf Singer en casos de pacientes esquizofrénicos. Para ello mostraron las áreas cerebrales en personas saludables y en personas esquizofrénicas.

Al enseñar las imágenes de las personas en buen estado de salud, se podía observar el fuerte aumento en las frecuencias de vibración alta. En el caso de los pacientes con esquizofrenia el aumento de éstas era significativamente inferior y la relación en el tiempo de los sucesos les resultaba a estas personas muy difícil de definir.

Uno de lo síntomas de la esquizofrenia es que los afectados perciben cosas separadas, que en realidad están unidas; lo que se remite a un ritmo en el cerebro desacompasado.

La percepción consciente, no es una cuestión de lugar, en el sentido de “dónde localizarla en el cerebro”, sino más bien una cuestión de tiempo, es decir, de preguntarnos “¿en qué relación temporal se crean las percepciones?”.

Las emociones deciden sobre nuestras percepciones
La manera en que percibimos el mundo depende en gran medida de cómo nos sintamos

Nuestros receptores de señales: Te escucho, te huelo, te siento

Los sentidos están en primera línea, cuando hablamos de percibir señales de comunicación producidas entre relaciones humanas. Son nuestros primeros indicadores de la empatía. Por un lado, la vista nos informa del juego de mímica y de la postura corporal de la persona que tenemos en frente, percepción que detectamos, normalmente, de forma consciente. Sin embargo, los otros sentidos también perciben señales y mezclan éstas con las de la vista, sólo que de manera inconsciente.

Es sorprendente la capacidad de rendimiento de nuestro cerebro. Por ejemplo, el ser humano percibe el miedo de una forma especialmente rápida. Cuando se tiene miedo, se suda y este sudor tan característico es detectado por nuestro olfato. El miedo, por consiguiente, no sólo se ve, sino que se huele. Y para ello el olor no ha de ser especialmente fuerte o penetrante. Puede ser tan sutil que no se perciba conscientemente.

El equipo de investigación de la psicóloga y profesora Bettina Pause de la Universidad de Düsseldorf nos facilita algunas pruebas sobre el tema.

En realidad, la lista se podría ampliar tanto como se quisiera y cada uno de nosotros mencionaría un caso distinto. Por mencionar algunos ejemplos: el saludo de una mano seca y cálida transmite equilibrio, mientras que las manos frías y húmedas indican nerviosismo.

Una voz grave y un ritmo lento a la hora de hablar tienen un efecto de soberanidad. Hablar atropellada y rápidamente, señala inseguridad.

Siento como te sientes

Nuestros cinco sentidos reciben señales, unas veces más conscientemente y otras menos. La cuestión es, en qué medida hacemos estas señales “nuestras”, pues de eso trata la empatía, de: “sentir con – como el otro”.

El cerebro conoce muchísimos métodos y éstos nos muestran la dificultad de responder a esta pregunta, ya que el campo de reconocimiento y asimilación de las emociones es enormemente complejo y, hoy por hoy, todavía bastante desconocido. Para comprender los métodos conocidos hasta ahora nos valdremos de los siguientes ejemplos:

a) La forma química: El olor a miedo desencadena una reacción empática.

Retomemos el comentario anterior sobre el sudor al tener miedo. En el experimento, los voluntarios tenían que oler algodones impregnados, tanto por algunos candidatos que se habían presentado a un examen, como por unos deportistas. Al mismo tiempo se analizarían sus cerebros.

Los algodones de las personas examinadas que habían pasado miedo, activaban las áreas cerebrales destinadas a sentir las emociones de los demás.
Áreas que, a su vez, son responsables de la percepción del miedo en otras personas. Los algodones de los deportistas, sin embargo, no provocaban la misma reacción. Esto nos demuestra que el miedo, cuando se percibe a través del olfato, tiene un efecto contagioso y desemboca en una experiencia empática – explica Bettina Pause.

b) La forma activa: Empatía por imitación

Otra forma de reconocer los sentimientos es por imitación. Cuando leemos los sentimientos en los rostros de otras personas, tendemos a adoptar los mismos gestos sin querer. Los científicos creen que es así como logramos experimentar lo que siente la otra persona. El grupo de investigación de Laurie Carr de la universidad del Estado de Michigan ha buscado la relación en este proceso.

En otro experimento se expuso a un grupo de voluntarios ante fuertes campos magnéticos, para paralizar temporalmente su corteza motora. Esta corteza cerebral se encarga de controlar el movimiento y, por tanto, también la mímica. A partir del momento en el que las caras de los voluntarios quedaban paralizadas, dejaban de ser capaces de interpretar las emociones de sus compañeros/as.